El Vecino Vigilante

Por Esteban Salinas

La inteligencia artificial es algo que ya convive con nosotros, un ejemplo de ello es nada menos que Facebook, que decide muchas veces por una persona cuando “sugiere” que ver o que no ver; que hace emerger recuerdos de hace varios años; que da opciones de respuesta e interacción tan reducidos como cuatro “caritas” y que nutre una base de datos global: la Big Data. Un ente misterioso y que puede empoderar de forma escalofriante a quien tenga acceso a él, ya que provee información sobre los usuarios que podrían ser catalogados desde lo íntimo de la personalidad.

La Big Data pretende hacer más eficientes los servicios y sintetizar la información de tal modo, que pueda ser manejable cuantitativamente, cuando parece más abundante que el oxigeno. En los servicios gubernamentales, porque tiende a olvidarse que es por definición un servicio, se podría llegar a utilizar para una gestión transparente y con una despolitización que idealmente reduzca los actos de corrupción, burocracia innecesaria, desvío de fondos, etc. Es de cuestionarse como influye también en la biopolítica y el monitoreo del cuerpo en las ciencias de la salud y con el auge de la nanotecnología, se empiezan a escuchar historias de ciencia ficción, como el “hackeo” de órganos. Es una prioridad democratizar la Big Data y sus beneficios seguramente serán vastos.

El miedo a la inteligencia artificial, ejemplificado en varias muestras fílmicas de la cultura popular, cumple la función institucional de hacernos creer que la figura del político o el jerarca de la logística, previene de algún modo, que algún “otro”, (las maquinas en este caso; otrora fue el espíritu colectivista), traigan caos y deslabonen al poder. Lo que tememos es una “conciencia” en búsqueda de su perpetuación, con un propósito general disímil al del “ser humano”, que tome decisiones independientes de nuestro control. Yo creo que dicha “inteligencia artificial”, necesitaría tener narcisismo, conciencia de muerte y fuerza bruta, elementos muy propios de la evolución humana. Sin embargo nuestra amígdala siempre esta en búsqueda del drama, de la pelea o la huida e inhibe el pensamiento divergente para hacer rendir al máximo esta herramienta.

Es cierto que las ciudades ya se apuntalan hacia un futuro en el que el “Internet de las Cosas”, los servicios de transporte (Uber), la prestación de alojamiento (Airbnb) y algunos procedimientos burocráticos (transferencias bancarias, solicitud de licencias, bienes y servicios) se realizan en línea. Utilizadas con responsabilidad, las tecnologías pueden representar ahorros astronómicos de recursos y liberar el tiempo cerebral para ocuparse de su libertad y creatividad; elementos claves en los nuevos trabajos que empiezan a mover ya la economía misteriosa, de los Bitcoins, la especulación, etc. Sin una gobernanza justa y transparente, incursionando en esta ruta, corremos el riesgo de ser víctimas de la ignorancia, la intimidación, desigualdad, manipulación y saqueo.  La penetración del Internet en las clases desfavorecidas, debe ser ahora una prioridad, la igualdad de oportunidades y de educación en la era de la hiperconexión, se perfilan como una gran oportunidad.